Quince metros no son nada. Un abismo

Imaginemos una playa en la Costa Blanca. Una playa que tuvo un pasado de esplendor con sus sistemas de dunas y rocas en los extremos. El sutil arco de la playa conoció tiempos mejores y hoy sujeta a una docena larga de edificios de entre 15 y 20 plantas encajados perpendicularmente. La temporada alta arranca y a principios de junio todavía se puede plantar la sombrilla sin trepanar un cráneo enrojecido o un pie cubierto de aftersun. En la playa sobre todo hay extranjeros. Entre ellos hay una infinita gama de matices y orígenes. Hay un público tradicional alemán, francés o italiano con algunos nativos infiltrados, pero mas bien pocos. También hay turistas del este de Europa, sobre todo rusos. Esto es lo que predomina en ese arco de la playa que jalonado por un paseo marítimo la separa de las construcciones y las tiendas y restaurantes.

El paseo, de alguna manera, es un no-lugar entre la contundencia de la playa y su arena ardiente. Es también la vaga promesa de una sombra y un aliento de refresco en los bares, terrazas y restaurantes de diversa naturaleza e intención. También hay algunos negocios, no por idénticos mas atractivos, donde se vende todo –absolutamente todo- lo que puede necesitar un mortal en el acto playero.

Este arco enlosado con conjuntos de palmeras y las rampas que suben desde la playa son también un lugar de negocio invisible para el que no mira. En el paseo comienza el rango de la suerte o la miseria. A lo largo del paseo se establecen efímeros comercios amparados no tanto a la sombra de una palmera sino mas bien fuera del alcance de la autoridad. Vendedores de gafas de origen subsahariano, que han traído o encontrado aquí una familia ya hecha o por hacer. A veces las mujeres hacen trencitas afro a jovencitas casi albinas a punto de estallar de insolación. Un hombre vende gafas a la sombra de una palmera y al lado una mujer con niña habla con él de sus cosas.

Un poco mas allá una mujer china ofrece masajes milenarios con la ayuda de un mapa del cuerpo humano con indicaciones indescifrables. Cerca, grupos de alemanes, generalmente hombres de mediana edad y gesto de vacación acuden como polillas a la llamada de un trilero rumano y sus compinches que les embaucan y les gana buenas cantidades de Euros ante el estupor indestructible del que creía, por enésima vez, que la sagacidad –y la suerte- están siempre de su parte.
El paseo marítimo esta habitado por todos ellos que buscan el negocio entre los cientos de turistas que deambulan por él durante la mañana y parte de la tarde. Tienden sus artes de pesca esperando capturar un cliente que por un precio irrisorio cierre una transacción o sea engañado a su antojo. La mayoría de ellos no tienen apenas recursos. Son nómadas que plantan su genero a la vista, pero discretos, a la espera del turista ingenuo y evitando al comerciante del paseo y a su insidiosa tendencia a contárselo a la policía local que a veces hace cansino acto de presencia. Carreras o amagos de carreras como las palomas cuando escapan del neumático inminente.

A penas un metro mas allá en la vera del paseo, justo antes de arrancar las torres en su esplendor de pasadas décadas, hay una línea de negocios de playa. En ellos la mayoría del personal es diferente, gozan de un empleo y de papeles y muchos denotan ya años de estancia. Son camareros, mozos, cocineras, limpiadoras que atienden a turistas blancos que reviven la alucinación diaria de estar en una terraza bajo el sol tomando una cerveza meditando sobre las diferencias climáticas con el lugar de origen. Se ven tatuajes en brazos raídos, jovencitas que viajan en familia, y salen por la noche quizá por primera vez, obesos de cabeza rapada y gesto dominante, entre otras estéticas.
Los trabajadores son en su mayoría latinos o europeos del este, son casi siempre mujeres que hacen sus faenas bajo la atenta mirada de un encargado o un jefe local.

En esos pocos metros del ancho del paseo conviven vidas antipódicas que resultan inverosímiles para unos y otros. Estos espacios públicos diseñados sin mas afán que la explotación comercial y reinventados en los últimos años sin mucha mas fortuna, son auténticos flujos de personas estratosféricas entre si. La franja del paseo y las torres que le dan sombra por la tarde desde poniente, son un yacimiento de recursos para los empresarios locales. Un filón donde se concentra la actividad, de baja intensidad pero rentable por ser numerosa. En ocasiones se producen quejas. Los negros no pagan impuestos ni venden productos homologados y compiten de manera agresiva con las tiendas, dicen. Abordan a las clientas sobre todo de mediana edad que les rechazan después de hacerse de rogar sin dejar de valorar sus cuerpos esculturales y preguntarse como lo harán viviendo como viven. Esto y poco mas –el trile y el carterista, motivan a menudo la tensión con los comerciantes locales que se lamentan de la falta de seguridad de la playa, de la amenaza que se cierne sobre sus intereses y la inminente ruina de un negocio basado en precios cada vez mas bajos que atrae a un turismo poco exigente y cada vez de calidad mas baja. La falta de seguridad percibida como causa permanente del declive del modelo a menudo impide reflexionar sobre las causas mas profundas del mismo.

El espacio es simultáneamente consumido por turistas y visitantes y usado por residentes y trabajadores. La cartografía de este espacio, que es urbano sin estar propiamente en una ciudad, se plantea como una sucesión de estratos o capas donde conviven diversas lógicas de uso y de consumo en muy poco espacio físico. Esto hace que las percepciones e interacciones entre los distintos grupos que conviven varíen de forma radical según el propósito del uso y consumo que se vaya a hacer del espacio. Muchas de estas interacciones se articulan entre si de manera simbiótica o conflictiva. Otras son simplemente inexistentes entre unos y otros.
Los espacios en conflicto, tangibles –el paseo marítimo, por ejemplo- o los intangibles –la competencia comercial- se manifiesta de forma caleidoscópica entre los distintos actores, que participan de la economía formal e informal, si bien en una relación asimétrica entre unos y otros. En el caso de los actores de la economía informal, la competencia por el espacio y los potenciales clientes genera, así mismo, un conflicto menos visible al público pero igualmente intenso, donde se agrupan intereses individuales y colectivos articulados sobre las redes de origen étnico, las organizaciones que controlan a parte de los vendedores y proveedores de servicios y las tensiones entre unos y otros.
Por otro lado, la dimensión tiempo en el paseo marítimo se articula sobre parámetros diferentes a los de un entorno urbano “normal”. Es la estacionalidad y sus fases las que determinan las pautas de apropiación y uso y por lo tanto las dinámicas de transformación del espacio público (o semipúblico) en lugar. Asumiendo que la dimensión de lugar se adquiere mediante los usos sociales y la generación de identidades sobre significados resulta relevante entender la superposición de varios planos sociales o espaciales desde este punto de vista. El proceso de construcción social del lugar varia en estos entornos turísticos enormemente entre los distintos grupos. Para comerciantes y propietarios, muchos de ellos locales, otros foráneos, pero con cierto arraigo, existen unos significados que se construyen sobre la “historia” del lugar, su transformación y evolución en el tiempo, incluso su vinculación con el entorno urbano y rural inmediato, o sectorial.

Por otro lado, para los actores que tienen usos mas efímeros del espacio, sea por su condición de turistas, sea por su condición de trabajadores, generalmente en la economía informal, la gestión de la relación con el espacio público es muy distinta. Los turistas han de hacerlo con unas constricciones temporales muy limitadas, si bien la relación con el espacio, o con el ideal que representa dicho espacio, hace que sea fácil construir, y apropiarse de significados que facilitan la “lugarización” de dicho espacio. Dicho de otro modo, este tipo de espacios no se consumen tanto por si mismo, sino por lo que representa como lugar abstracto de consumo del concepto de “sol y playa”. No obstante para los turistas, algunos incluso transformados en residentes o en visitantes reincidentes estos procesos se consolidan con temporalidades mas extensas y una relación con el espacio mas estable y reconocible a la hora de construir conjuntos de significados y vincularlos a una experiencia vital prolongada.
Por otro lado, desde los otros planos socio-estratigráficos que mencionamos, como por ejemplo los vendedores ambulantes, la temporalidad es también crítica a la hora de gestionar la relación del individuo con el espacio. Dicha temporalidad estará marcada por la incertidumbre de una situación jurídica, por la fragilidad de una actividad económica dependiente de factores como la presión de la policía, de los comerciantes, de la competencia de otros vendedores o proveedores de servicios informales entre otros. A todo ello se une la estacionalidad y los ciclos de hibernación y restablecimiento de la actividad turística, y su dependencia de factores exógenos impredecibles: avatares políticos en los propios países o las catástrofes naturales y financieras.

Todo esto hace de la playa y su paseo, para el conjunto de todos ellos, visibles e invisibles, un ecosistema funcional donde ocio y esfuerzo, placer e incertidumbre, poder y subordinación se cruzan en los quince metros del ancho del paseo marítimo, que no son nada.

Texto de Andrés Walliser (@AndresWalliser) e ilustración de Jaime Eizaguirre(@eiza), desarrollados para Ecosistema Urbano (@ecosistema) en el blog La Ciudad Viva

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